Amélie

Amélie: la poesía de lo cotidiano

Heme aquí escribiendo de mi película favorita. Así, sin preámbulos, lo digo: me gustan muchas películas, pero «Amélie»… me puede. Recuerdo que la primera vez que la vi no me generó gran cosa. Sabía que había tenido muchas nominaciones para el Óscar, lo que era extraño para un film no americano. Creo que la primera vez simplemente no la entendí. 
La segunda vez que la vi la recuerdo muy bien: fue para un trabajo de Sonido en la facultad. Salí a la calle fascinada, con la musiquita de Yann Tiersen en la atmósfera.

Para mí, «Amélie», o mejor aun con su nombre original “Le fabuleux destin d’Amélie Poulain” («El fabuloso destino de Amélie Poulain») es perfecta. Perfecta, perfecta, perfecta. Y a continuación, señores, esto será una catarata de justificaciones. 

La historia es una comedia romántica pero no se nota. O sea, chica busca chico, encuentros, desencuentros y zas!… final feliz. Pero qué manera tan sutil de filtrar la historia romántica en un universo lleno de todo. ¡Y en París! ¡Y en francés! ¡Qué bien suena!

Lleno de todo, como los personajes y sus lados más humanos. No importa demasiado la edad de madre de Amélie, sabemos mucho más de ella por su gusto por los trajes de los patinadores o por su hábito de vaciar la cartera, limpiarla y volverla a llenar. Son las costumbres lo que definen a la gente. Así de simple, así de brillante. 

En ese mundo tan peculiar en el que vive Amélie, que es el tuyo y el mío pero con gente hablando francés, hasta los objetos tienen alma. Quizás el único que no tenga corazón allí sea el verdulero, pero sí hay espíritu vivo en el mantel danzarín, el enano de jardín, las nubes, las lámparas, las fotografías que hablan…

Lo que hace de «Amélie» una película distinta, tan única, es que la narración es guiada por una mirada que ve las cosas de otro modo. Amélie es una chica de una sensiblidad extrema, de una introspección desquiciante, pero que en esa circunstancia encuentra la verdad de las cosas. Cuando el único camino es hacia el interior de uno mismo, el universo muestra una veracidad más profunda. Ese mundo irreal de Amélie, es tan cierto como el de cada uno de nosotros. Y ella nos guía en ese viaje donde todo lo que lleva dentro intenta salir a la superficie. 

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La historia de Amélie es la historia de un nacimiento, de un despertar a la vida, la otra vida, la del amor. Ese sentimiento que había quedado detenido en el tiempo cuando su padre le hacía el chequeo, esas palpitaciones que sentía ante un contacto humano cercano, deben volver a salir, ese corazón debe volver a acelerarse. Romper la cáscara, como dice Hermann Hesse en «Demian», para nacer. El dolor puede ser enorme, pero llega un momento en que es la única opción. Ese es el escollo que debe sortear Amélie, y podrá hacerlo, porque, como dice el vecino, sus huesos no son de cristal, pero quedarse en sí misma podrían volver su corazón seco y frágil.

Este mundo tan peculiar no puedo sino tener una imagen que lo acompañe del mismo modo. Por eso, la selección cromática es inconfundible. Fotogramas plagados de identidad visual. Verde, rojo y amarillo. Y más verde y más rojo… También la música crea un ambiente absolutamente poético. Recordar una banda sonora donde nadie canta es todo un logro. Apuesto que recuerdan la musiquita.

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La subjetividad exacerbada de Amélie también está en la fuerte presencia de sentidos no tradicionales en el cine. Se generan texturas y sabores en una pantalla plana. La mano en la bolsa de legumbres, la niña comiendo moras de sus dedos, el viento en las caras de la pareja en la moto… 


«Amélie» es, en su composición, una obra complejísima, analizable en muchos niveles, desde lo emocional hasta lo técnico. La riqueza de personajes y situaciones, la lupa en eso que no vemos. La literalización de la metáfora, cuando ella se deshace; el absurdo de un pez suicidándose; la seriedad con que un enano de jardín recorre el mundo.


Es la poesía de lo cotidiano retratada por un punto de vista mágico, el del director Jean-Pierre Jeunet, el de Amelie. Un mundo real, traspasado por un filtro de Instagram, unos acordes inolvidables, personalidades finamente delineadas y eventos sutilmente insólitos. 

«Amélie» es arte. Cine, de ese que inunda los sentidos y nos conquista para siempre. 


Elenco de «Amélie»

  • Audrey Tautou (Amélie Poulain) fue, es y será Amélie por siempre. No importa cuantos films más haga, siempre será la pequeña francesa de personalidad única. No hay mucho que decir, ella es la película. 
  • Mathieu Kassovitz (Nino) se pone en la otra vereda como un chico «normal», que puede ver la poesía de la vida entre las paredes de un Sex shop. Divino, inolvidable. ¡Nino te queremos!
  • Jamel Debbouze (Lucien) es nuestro ayudante de verdulero favorito. Actor muy popular en Francia. Lo de su brazo no fue para la película, es verdad. Un personaje absolutamente encantador
  • Dominique Pinon (Joseph) es el actor fetiche del director. Acá es detestable, pero si vieron Delicatessen podemos comprobar que su registro actoral es bien amplio. 
  • Serge Merlin (Dufayel – el vecino pintor) es encantador, de una composición física tan acorde. El viejo sabio, el mentor. 
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Las mil historias de Amélie. Una pequeña enumeración, porque creo que vale la pena recordarlas. Disculpen si olvidé alguna.

  • La caja que encuentra Amélie oculta en un zócalo y cómo da con su dueño, convirtiéndose en heroína del bien
  • La venganza contra el verdulero sin corazón
  • La vecina solitaria a la que Amélie le envía falsas cartas de su hombre amado
  • El misterio de las fotos rotas
  • El ciego al que Amélie hace «ver»
  • El enano de jardín que viaja por el mundo
  • Georgette, la cajera hipocondríaca y su ex que la graba y persigue
  • Hipólito, el poeta finalmente redimido en un grafitti

Título original: Le fabuleux destin d’Amélie Poulain

Duración: 122 minutos
País: Francia
Año: 2001
 

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