‘Los juegos del hambre: parte 1’: así comenzó todo

Ver «Los juegos del hambre» es sumergirse en una marea de intertextualidad inevitable. Hay algo de «The Truman Show», pero más serio. Hay muchísimo de «Survivor» (o «Expedición Robinson», si prefieren), pero definitivamente más perverso. Hay algunas gotas de «Lost». Hay elementos tomados de forma evidente de la estética nazi. Hay posmodernidad por doquier, en la simulación, el pastiche. El show macabro del poder en el que los pobres son títeres del déspota. La desquiciada lucha por el rating se da a cualquier precio. La pantomima de felicidad disfrazada de lujo y exhibicionismo. Si, hay algo inevitablemente real en «Los juegos del hambre».

Ya no hay lugar para las utopías, porque nada de lo que allí sucede es deseable. Hambre extremo en un mundo gris, contrapuesto a otro que de tan fastuoso se torna repulsivo. Bienvenidos a la distopía. ¿Será que ya estamos allí?

La película, desde el libro, toma el mundo (el mundo actual, aunque sin la tecnología podría hablar de la Edad Media) y lo convierte en un supuesto reality show fílmico ¿Acaso no se ha escuchado aquello de «pobres contra pobres»? Una historia en donde el valor de la vida es determinado por los poderosos en un juego macabro.

Y tras cada palabra que escribo, noto que no hay tanta ciencia ficción como parece. ¿Cómo seguir hablando de lo cinematográfico cuando derivé en una reflexión casi existencial? Son cosas que pasan en el cine. Porque detrás de la frivolidad aparente del arte (sea una película pochoclera o un Picasso) hay un mundo trascurriendo, y la obra sale de allí. Incluso la más superficial de las películas es una toma de postura ante el mundo. Negarlo también es decir algo.

«Los Juegos del hambre» me generó esa sensación. No puedo detenerme y decir «bueno, me gustan las tomas subjetivas de la cámara». Me resulta imposible quedarme en eso. Pero hagamos el intento.

Se agradece el punto de vista femenino, con una heroína que salva al chico, pero que sobre todo se salva a sí misma del mundo, con puntería de arco, pero sobre todo con inteligencia.

Bien por la discreción en el uso de recursos frecuentes, como la sexualidad exacerbada o los romances obvios. También es notable el tratamiento de la violencia: la historia deja servida en bandeja la posibilidad de primeros planos sanguinarios, repulsivos y morbosos. Teniendo en cuenta esto, creo que el director, Gary Ross, incluso evita recurrir a eso y muestra apenas lo necesario. Eso es un gran acierto, porque la cosa no pasa por cuánta sangre pierde un muerto o qué tan dolorosa es la herida. Lo violento, lo morboso, está en la parte colorida, en el show sádico.
El uso del color y la fotografía son evidentes, incluso predecibles, pero no por eso desacertados. La cámara y el sonido recalcando las subjetividades de la protagonistas son otro punto a favor.

Suficiente análisis. Demasiadas impresiones. Cuando una película deriva en todo esto, no caben dudas de que es buena.

ELENCO

  • Jennifer Lawrence (Katniss Everdeen) se pone el arco y flecha al hombro y va adelante toda la película. Es la heroína normal, humana, ¡con cuerpo de chica común!
  • Josh Hutcherson (Peeta Mellark), con esa cara de nene bueno, promete. En esta cumplió. Leí por ahí que en las próximas cobra más protagonismo. Veremos.
  • Stanley Tucci (el presentador del reality) cambia de color según la ocasión. Apto todo terreno. Pedazo de actor, nunca falla.

Título original: The Hunger Games
Duración: 142 minutos (¡súper atrapantes!)
País: Estados Unidos
Año: 2012

Podés seguir leyendo el análisis del resto de la saga:

3 comentarios sobre «‘Los juegos del hambre: parte 1’: así comenzó todo»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *